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martes, abril 28, 2009

LA MULTITUD SILENCIOSA

copyright © 2009 CLFM | reservados todos los derechos



El 27 de Marzo, y en la pasada Noche de los Libros, se presentó la novela de Francisco Ruiz Carrasco “La Multitud Silenciosa” (Patrañas Ediciones, 2009) en la que he tenido el placer de colaborar con la foto de la portada y del autor. La contraportada cuenta con una fotografía de Mario Cruz Leo.

Después llegará la FNAC y locales donde se lee (Bukowski Club, etc…). El libro es francamente magnífico, la historia de un perdedor, Pedro M., que no desea redimirse porque no cree en los finales felices.


Esta novela es especial para mí, tanto por la manera en que el azar hizo que su autor y yo seamos vecinos del mismo barrio sin saberlo, como por lo que en su interior refleja, las mismas calles de Los Santos que he recorrido en mi adolescencia, los mismos grises, el Parque Picasso, su gente… la realidad que nos toca a casi todos.

Os dejo un pequeño pasaje de este realista y magnífico escritor.



La niñez, la lejana niñez, cuando aun éramos pocos en este mundo porque el mundo no iba más allá de nuestro barrio. No había otra forma de hablar que la nuestra, con la boca torcida y hacia abajo, puro Madrid Sur. Se escupía soplando fuerte, nuestros héroes eran delincuentes de tres al cuarto y la escala de valores pasaba por admirar aquel poquito de universo que conocíamos. Hay quienes no han salido de ese circulo todavía y pasan la tarde contando las mismas historias de antes, rajan de los magrebíes y los sudamericanos porque son tan pobres como nosotros fuimos, piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor sin advertir que era mejor porque tenían veinte años menos, al que ha medrado y se ha largado de allí lo desprecian, fuman costo a diario como si fueran chavales aun, cada vez que te ven te cuentan que “ahora si que tienen un curro bueno”, pero siguen gastando mono y viviendo en cincuenta metros, y así, cuarenta mil rasgos mas que te graban a fuego en Los Santos de Arrabal. Cuesta salir de esa rueda, y aun desde fuera, sigo entendiéndolos, queriéndolos a mi manera. Son mi pequeño mundo, para bien o para mal.

Habrá quien dice que escribe por amor al arte, por vocación, por emplear su talento y facilidad para el lenguaje en algo provechoso. Ninguno de estos motivos me llena. No escribo por instruir a nadie ni tengo don alguno. Mi vocación fue la de casi todos los niños de Los Santos: ser futbolista o policía, (Juanito, Santillana y Canción Triste de Hill Street nos marcaron a toda una generación). Me quedé en asalariado, como casi todos los que queríamos ser futbolistas o policías, y como los que querrían ser otra cosa también, porque esta vida puñetera ya se encarga de demostrarnos que futbolistas sólo pueden ser uno de cada cincuenta mil, y de que la gente de bien no se mete a policía, por la cuenta que le trae. En Los Santos éramos pobres, pero teníamos un mínimo de ética.

Más adelante, en la adolescencia, pensé muy seriamente en ser bombero, me atraían el peligro, la heroicidad, el fuego… las hormonas que te vuelven imbecil. Al crecer tarde, las pruebas físicas para ingresar en el cuerpo resultaron ser de superhéroe de la Marvel para un imberbe de dieciocho años como yo era, así que por suerte me libré de aquello, a pesar de que mi madre decía que tengo ideas de bombero, circunstancia magnífica para acceder al puesto, creo.
Por eso me libré, por crecer tarde. En el colegio comencé a jugar al baloncesto con doce años, y como era fuerte y apenas nadie destacaba en altura, mi sitio era el de pívot bajo. Después, cuando todos empezaron a dar el estirón me pasaron a alero, y de ahí a escolta, después fui base, y de base salté a reserva. En el banquillo me aburría, así que me eché a fumar. Al final deje el baloncesto para la televisión y, como si de una señal divina se tratara, crecí al fin, pero en lugar de reconquistar mi puesto “en la pintura” me eché a beber también, qué cojones.

Y así transcurrió mi adolescencia, entre el patriotismo de pobres que gastábamos y las muertes de los últimos yonquis de caballo, con Chanquete y el Señor Chinarro en la retina y una medalla de plata en Los Ángeles 84, veranos de litro de Mahou y pipas, de guitarra y Parque Picasso, de Hora 25 en la terraza muertos de calor, comentando la jornada, inviernos de Más vale prevenir y taleguito de maría, y dios nos miraba desde lo alto, escudriñaba las feas calles del barrio y se preguntaba: ¿Y estos por qué coño son felices?



© Francisco Ruiz Carrasco “La Multitud Silenciosa” (Patrañas Ediciones, 2009)





Un par de reseñas del libro:

Revista de letras
Margencero



Relatos cortos del autor:

El futuro ya está aquí
El tambor
Emigrantes
Los últimos cruzados




Hasta que se amplíe su distribución de momento podéis encontrarlo en:

PUNTO Y COMA
Jeromín, 15
28911 - Leganés (Madrid)
Tel: 91 693 12 76 Fax: 91 693 12 76
puntoycoma@virtualsw.es


O podéis poneros en contacto conmigo.

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