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viernes, febrero 01, 2008

 

ABISMOS EN LA PIEL

 

(Gracias a mi amiga Fina por hacer de modelo y por encender con un par de palabras este intento de cuento. Un beso)




Las cenizas arrugadas y ennegrecidas de un sueño se elevan por las corrientes ascendentes de aire caliente del conducto de una chimenea, como el aliento invernal de un colegial a la carrera tras ver a su princesa de cabellos dorados besar otros labios. En alguna parte de la ciudad, un hombre extraño, con un dragón tatuado, lía un cigarrillo mientras toma una cerveza en un oscuro bar, esperando pacientemente la hora para comenzar su trabajo. Al tiempo, una chica, cansada, rota por otro eterno día de trabajo, tantos ya que apenas le quedan números, entra en su casa con el ánimo envuelto en papel gris y bolsas de supermercado. Cierra la puerta metódicamente, con cada vuelta de la llave un pedazo de su máscara sonriente va cayendo al suelo. Deja las bolsas en la cocina y arroja su abrigo en el sofá. Camino de la habitación la lluvia ya ha empapado por completo su jersey negro y el cabello mojado dibuja haces transparentes por su rostro. Escucha el chapoteo de sus pasos por los charcos del suelo de tarima, mientras en la noche clara y despejada que reina fuera, la luz de las estrellas titilan entre la oscuridad y el frío. Ya en zapatillas, tras lavarse la cara y las manos y poner algo de música, vuelve a la cocina para guardar la compra y preparar algo de cena, un puré de calabaza con especias y queso. Tan solo se permite unos segundos para reordenar los imanes de la nevera, que sostienen pequeños reflejos suyos, y dibujar un mapa de recuerdos hasta un lejano lugar.

Media hora después regresa en barca hasta el salón y por fin se sienta en el sofá, bajo un paraguas de cartón, con los pies subidos, envuelta en una manta granate y el tazón de puré entre las manos. De postre tapa con chocolate los huecos que dejan al aire las goteras de su corazón. En todo ese tiempo la pantalla del móvil no ha dejado de iluminarse, continuos mensajes y llamadas de distintos números que le tuercen el gesto, hasta que acaba arrojándolo sobre la mesita, apagado, junto a los restos de la cena. Esta noche no podrá llevar las cosas a la cocina y dejarlo todo limpio, la corriente se ha llevado uno de los remos y pensar en cruzar a nado vacía su mirada. Una pequeña lágrima escapa de la vigilancia y se descuelga por las pestañas, apenas recorrido un trecho encuentra que la piel pierde su suavidad y cae en una depredadora grieta sin fondo, un surco vivo que se alimenta y aumenta su tamaño poco a poco con cada nueva presa. La chica siente el escozor y se lleva la mano a la mejilla. Sus dedos repasan con cuidado una cicatriz bajo el ojo derecho. Cuando todo empezó solo era un rasguño en la piel, una coma en un desnudo papel. Suspira, se arrebuja en la manta y el cansancio del día decide que por esta noche sus ojos ya han visto bastante. Fuera, el hombre extraño levanta la mirada de su cerveza, asiente, susurra un número: “siete”. ¿Sonríe?...

La noche, un bosque, El Bosque. La chica de la cicatriz en la mejilla camina entre altos árboles, lleva un vestido blanco que atrapa la luz de la luna, no tiene miedo, no ha nacido para retroceder, en el viento parece oírse un número, ella lo sabe, desde hace mucho tiempo. Tras varias noches de camino (en el mundo de los sueños el tiempo tiene sus propias reglas) el largo sendero termina en la cima de una montaña a la que ha llegado con una única pausa para beber en un pequeño lago. Abajo el bosque es una mancha oscura, una nube de tinta derramada sobre la tierra. Sabe lo que tiene que hacer, alzar la mano, y cogerlas, simplemente. Lo difícil no es hacerlo, lo difícil era llegar, noche tras noche, sueño tras sueño, poco a poco, hasta aquí. Allá abajo, en el bosque, un cazador solitario con un insomnio forjado entre pesadillas permanece atónito mientras ve una silueta blanca, como una segunda luna, en la cima de la montaña, perfilada sobre el oscuro cielo repleto de estrellas. Puede contarlas perfectamente, seis estrellas, una detrás de otra, parecen apagarse de pronto sobre la montaña. La chica de la cicatriz en la mejilla abre sus manos, brillan con una luz sin nombre, ni fría ni caliente, es casi como aire entre los dedos, mientras sostiene una, dos, tres… seis… seis. Lo ha rozado, lo tenía tan cerca, parecía que esta vez lo tenía… seis, solo faltaba una, pero cuando ha intentado coger la séptima, su mano atravesaba el firmamento como el agua, creando ondas que se expandían entre las constelaciones. Da media vuelta y comienza el regreso por el sendero, sin sentir nada, una Nada profunda y horrible. Camina observando la noche, el bosque, sus pies descalzos, una noche tras otra, pero nada más.

A la tercera noche de haber dejado la cima de la montaña estaba bebiendo del pequeño lago donde se detuvo a la subida, cuando empezó a llorar y los sollozos abrieron grietas en su piel con espasmos de dolor y las lagrimas cayeron del rostro al lago, se sentó en el suelo de repente, como una marioneta a la que le han cortado los hilos. Llovían sus ojos, abriendo abismos en la noche, aquí no importa, sabe que aquí las lágrimas no alimentan a la cicatriz, al menos sabe que en los sueños le está permitido llorar. No para, no hay razón para hacerlo. Regresó por el sendero, sin ser consciente de que aun llevaba las seis estrellas en la mano, sin ser consciente siquiera de ella. Todo a su alrededor parecía diluirse, vibrar bajo el filtro húmedo en su mirada, por eso al principio no se dio cuenta del brillo a un lado del camino. Solo el sonido, un ligero gruñido quizá, rasgó el velo de sus ojos lo suficiente para hacerla ver una mancha de luz, plata sobre tierra húmeda. Se detiene, se agacha, recoge…

una luz sin nombre,
ni fría ni caliente,
como aire entre los dedos…

Sus labios dibujan en número… siete… y unos ojos pardos, afilados, la observan desde la oscuridad. La chica de la cicatriz en la mejilla mira a su alrededor, no ve a nadie. Guarda las siete estrellas en una pequeña bolsa de cuero y continúa su viaje, mirando de vez en cuando hacia atrás hasta que la curva del camino la impide ver el lugar del encuentro.

Unas noches después llegó a la cabaña donde empezó su camino, hace ya tanto tiempo que casi no lo recuerda. Lo tiene ya todo preparado, las siete estrellas, apagadas ya tras tantas noches lejos del firmamento, sobre la mesa y un pequeño almirez de madera junto a una vasija con agua. Una a una pone las estrellas en el almirez, convirtiéndolas en polvo y después en pasta mezclándolas con un poco de agua. Solo se detiene en la última, la que encontró en el suelo. Ahora sin su brillo puede fijarse en la superficie ni fría ni caliente, ni metal ni piedra, y ve unos pequeños surcos en ella, ¿arañazos?, ¿marcas de colmillos?… sean lo que sean, agradece. La séptima estrella ya es polvo, pasta junto a las otras. Sus dedos recogen un poco, suben hasta su mejilla y extienden el frío que no es frío, el calor que no lo és, el aire entre sus dedos, sobre la cicatriz…

Despierta, es de día. La manta granate medio caída en el suelo, la luz filtrándose por las persianas, hay que ir a trabajar. Siente un picor bajo su ojo derecho, la fuerza de la costumbre hace que tome precauciones para no rascar con fuerza y no abrir la tormenta que allí se aloja. Pero cuando las yemas de sus dedos llegan solo encuentran la suave colina de su mejilla, sin surcos ni marcas, ya no hay abismos interrumpiendo la caricia. Lágrimas, ahora, aquí, fuera del sueño, ya se lo puede permitir sin que nada crezca con ello. Se viste, y mientras cierra la puerta de casa echa un vistazo a su pie derecho, le gusta, sonríe, a partir de ahora sin máscara, a la luna y las siete estrellas que sin saber cómo, han amanecido en la piel de su tobillo.

En uno de los imanes de la nevera, por unos instantes, unos ojos pardos, afilados, parecen observar desde la noche de un bosque de papel. En la calle, el hombre extraño, con su cigarrillo liado a mano y su escoba al hombro, comienza su trabajo.






Bueno, esto pasa con los cuentos. El sitio donde este acabó llegando no era donde yo esperaba que fuese cuando lo empecé. Como dice el maestro Neil Gaiman, a veces la única forma de saber que un cuento ha finalizado es cuando ya no quedan palabras para escribir.



Y ahora, que ya es jodidamente tarde, me marcho a tomarme una cerveza mientras camino por las calles con lo mismo que la chica del cuento escuchaba, tarareaba, bailaba, mientras se vestía en su primer día sin Nada roto…


I've Been Thinking (Ft. Cat Power)



Comentarios

 


Anonymous Anónimo said ... (1:39 PM, febrero 02, 2008) : 

Danann....leerte es como un atardecer, como un amanecer...indescriptible.
Indescriptibles las emociones que me despiertas.
Te mando las felicitaciones mas sentidas que puedas imaginar, y un enorme beso..
una vez mas, gracias por CLFM
Bea

 

Anonymous Raul said ... (2:14 PM, febrero 04, 2008) : 

Bonitas palabras y bonita foto la que acompaña a tu relato.

Saludos!

 

Anonymous ferylltaunrlbar said ... (8:38 PM, febrero 06, 2008) : 

Bueno, como no he podido entrar en flirck, te escribo aqui, pero es para decirte lo genial que me parece las fotos de la ultima serie que has hecho, son increibles,te esta sentando bien el curso,por cierto estoy trabajando en la biblioteca nacional durante dos meses,subiendo y bajando libros, pero esta bien.Espero que todo te vaya como deseas,un beso muy fuerte

 

Blogger Danann said ... (2:45 PM, febrero 23, 2008) : 

Gracias a ti por tus palabras Bea.


Gracias Raul.


¡¡Brujilla!!, gracias, me alegra que te guste lo último que estoy subiendo en el otro Lejano Lugar... Bueno, al menos has pillado curro para tener algo menos de agobio. Quedaremos para tomar algo...

Un beso muy grande.

 
 
 
 
 

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