« With or Without You | Home| Cumbres Borrascosas »
miércoles, abril 12, 2006
UN DÍA CUALQUIERA

Eran las seis de la tarde de un día cualquiera, bueno, cualquiera no, era un día lluvioso de cielo gris y vivo, eso ya es bastante. Las nubes apretaban el paso buscando cualquier hueco que otra compañera dejaba, en una incansable competición por halagar a quien así lo quiera. Él era uno de esos. Quería el cielo cubierto. Aquella tarde no podía ser de otra manera. Hay ocasiones en que nos preguntamos las razones, los por qué. Cuantas de esas veces quieres realmente la respuesta y cuantas lo que quieres es simplemente vivir el encuentro con tus dudas. Mirarlas a la cara, tirarte al suelo y desbaratar los planes. Revolver los papeles de tus vivencias y retarte a encontrar uno, uno solo que este en su sitio. Ocupando la baldosa correcta, el cajón adecuado, la carpeta precisa, su pedazo de cielo vacío. Yo personalmente, pocas veces lo he conseguido. Él también era uno de esos, no es tan extraño.
Seguía escuchando repetidamente la misma música, no importa cual, solo un piano, no importa de quien, casi sin volumen, acompañándolo, formando parte del escenario sin apropiarse del guión. En la mesa una hoja vacía, una pluma seca y el cerco oscuro dejado por una copa de vino que ya forma parte del pasado. Por la ventana una nueva nube se unía al juego. Moviendo las manos lentamente, no por la carga de los años sino por la carga de vivirlos, las llevó hasta su renaciente barba escuchando el seco rasgar de la piel al pasar sus dedos.
- ¿Qué haces?... – La voz no era la que él esperaba, o más bien como la deseaba escuchar. Habían pasado muchos años, demasiados, pero seguía sin acostumbrarse. Se sentía como un náufrago en la oscuridad del océano, que a cada brazada en ese húmedo vacío, implora encontrar por azar una simple tabla que le salve de esa inmensidad donde perderse es lo justo y salvarse debería ser pecado.
- Esperar – su respuesta era un nuevo papel fuera de lugar. Y sabia en que parte estaba.
Detrás de él la voz se acerco un poco más, a veces dolía tenerla tan cerca.
– Esa no es la hoja correcta, tu pluma está vacía…- un par de segundos de silencio, siempre lo hacia así – y por lo que veo sigues jugando con las nubes.
Él torció el gesto, de sobra sabia lo que estaba haciendo. Cogió la pluma con esas manos pesadas de surcos profundos, con el recuerdo en los dedos y el olvido en la memoria.
– Sí. Sigo jugando con las nubes, y sigo escribiendo en hojas incorrectas, con plumas secas y manos cansadas, y sigo escuchándote detrás de mí, a pesar de que hace ya muchos años que te fuiste volando por el único hueco que olvidó tapar una nube tardía…
El silencio volvió a rodearle. Su cara reflejó dolor. Ese dolor que solo nos visita en la vida una vez. Un dolor del que no se habla en los libros y que nunca llegaremos a ver en las películas, un dolor que no se cuenta en los poemas porque es posesión íntima del poeta y su conciencia, de su propia vergüenza. Una agridulce sensación de tristeza infinita, de pérdida absoluta, de vacío.
- Reconozco que aquel día mientras te veía volar, alejarte, las lágrimas no solo eran de tristeza. En parte sentí alegría. Siempre necesitaste volar.
La voz volvió a posarse en su hombro…
- Tú lo sabias – No había rencor en esas palabras.
Él volvió a cerrar los ojos, volvió a perderse en recuerdos. Las lágrimas volvieron a surcar su arrugado rostro, recorriendo caminos aprendidos con los años. Deslizándose hasta el borde del abismo de unas mejillas entumecidas, perdiéndose en las comisuras de unos labios en los que él había grabado a fuego un último beso junto a una puerta, en su frente, y en su boca.
- Sí, lo sabía… pero lo olvidé. Este necio jugador coqueteó con nubes que ocultaban el cielo que tanto necesitabas.
La voz, juguetona como siempre fue, se posó en su otro hombro.
- ¿Por qué?, ¿Por qué lo hiciste?
Él no reprimo ladear su cabeza hacia el lado desde el cual sentía el arrullo de la voz. Era la única forma que le quedaba para sentirla más cerca. Las lágrimas se vieron forzadas a buscar nuevos caminos.
- Creo que tuve miedo. Miedo a que bajo ese cielo descubierto me vieras y huyeras volando. Miedo a perderte. Me encerré en mis propias fantasías, fabriqué mi propio mundo irreal. Y no comprendí hasta el final que tapando el cielo solo obtendría lo que quería evitar. Tapando el cielo marchité tus alas.
La voz se sentó en una silla frente a él, está vez como una hermosa mujer de grandes ojos verdes que solo quiere vivir.
- No entendiste nunca que yo te amaba tal y como eras. No entendiste nunca que yo quería volar contigo y no sola. No entendiste nunca que si tú hubieras querido volar conmigo, ese cielo habría sido nuestro.
Él abrió los húmedos ojos, dejó la seca pluma sobre la mesa y se refugio en su anillo de plata que aun mantenía en su dedo, en la posición correcta, la que durante unos años compartió con el de ella. Se dio cuenta de cuantas veces olvidó por aquel entonces mirar a su mano para recordarse lo que significaba, para no olvidarse de quien era ella, para recordarse quien era él. Para darse cuenta que no debió tener nunca miedo.
- No lo entendí hasta el final. Solo cuando te vi salir volando por ese bendito agujero que una nube cómplice dejó libre para ti, fue cuando mi cielo también se abrió. Fue cuando lo comprendí todo. Pero fue demasiado tarde. Tus alas siempre fueron más fuertes que las mías. Tus miedos siempre fueron menores que los míos. Siempre fuiste más madura que yo. Perdí la oportunidad más grande de mi vida.
Ella llevó las manos a su barbilla y le hizo levantar la cara para mirarlo a los ojos. Había pasado mucho tiempo desde entonces. Muchos cielos recorridos. Ojos verdes frente a ojos marrones.
- Te lo di todo. Confié en ti.
Con esas palabras el dolor volvió a visitarlo. Más agudo que nunca. El lejano piano se le clavaba en el pecho hasta lo más hondo, queriéndole recordar que seguía ahí.
- Lo se, tú no puedes ser de otra manera. Es tu virtud, lo que te hace única, pura. Yo no te di nada. Te defraudé – volvió a llorar, las lágrimas volvieron a recordar su camino – Incluso cuando volaste me seguiste dando todo, me enseñaste todo lo que necesitaba. Me diste mi propio cielo sin nubes, me diste mi propio ser, mi reencuentro con los míos, con los que me dieron la vida. Incluso con tus alas marchitas por mí, me lo diste todo. No se puede ser más grande… eres increíble mujer de ojos verdes. – Él tomó su mano y la besó en el dorso– Me hiciste feliz. Me devolviste la confianza en el mundo y en la gente. Conseguiste quitarme mi velo huraño, mi perpetua negativa a todo. Me diste un hogar, yo. Me enseñaste que yo soy mi hogar, y que los míos están allá donde yo esté – posó la mano es su mejilla – pero era tarde para nosotros. Era tarde para nuestro hogar, el tuyo y el mío. Era tarde para seguirte volando y darte lo que me pediste en su día, lo que al fin era capaz de dar gracias a ti, gracias a lo que me enseñaste. Por aquel entonces ya querías volar sola y yo no podía alcanzarte.
Ella miró por la ventana al cielo gris, a las nubes que se habían parado al no tener la atención de su dueño.
- ¿Por qué entonces te encuentro de nuevo jugando con las nubes? Tapando apresuradamente el cielo que te di.
Él la miró avergonzado. Le asustaba lo que ella pudiera pensar.
- Bueno, el cielo es tan hermoso que siempre me recuerda a ti. A veces duele tanto que no puedo seguir mi propio vuelo y tengo que bajar aquí y buscar mis viejas hojas incorrectas y mi pluma seca que ya se niega a escribir bajo el mandato de estas manos cansadas, y sin quererlo, o quizá si, me encuentro de repente con un cielo gris lleno de nubes. Y así paso la tarde, esperando. Esperándote. Pero no te asustes, es solo un alto en el camino. Mañana se habrán ido y de nuevo usaré el regalo que me diste. Desplegaré las alas, mis propias alas, y emprenderé de nuevo el vuelo hasta el próximo día en el que vuelva a doler y otra vez tenga que bajar a revolver en mi memoria como un niño travieso. No es nada.
Ella volvió a mirarle a los ojos. Ojos verdes frente a ojos marrones, desembocando ambos en lágrimas que viajan por caminos aprendidos con el paso de los años. Deslizándose hasta el borde del abismo de sus mejillas, perdiéndose en las comisuras de unos labios en los que habían grabado a fuego un último beso.
Y así permanecieron.
P.D.: If Men Were At Peace de Peter Kater y R. Carlos Nakai.

Vaya, esto me suena haberlo leido hace algunos meses.
Creo que si no te llevas tu la pala, lo hare yo, pero para darte con ella.
Visto que tienes pocas ganas de enterrar nada, habrá que diluirlo en pociones mágicas.
Eso y aullar un poquito a la luna, que estará llena mañana, pero el 16 y eo 17 todavia pueden darnos un buen espectaculo en la Verde Irlanda.
Un abrazo.
Joooder hermano.
Casi me has encapotado este soleado día, hermano.
Si la luna llena es hoy, pues que narices, aullamos desde las praderas cercanas a tu madriguera si hace falta, hermano, tu sólo llámamme...
Menos mal que después de la tormenta llega la calma ..., al menos hasta la siguiente tormenta.
Bueno, la escribí hace tiempo y tarde o temprano tenía que ponerla aquí, en mi lejano lugar.
No os preocupéis por lo demás. La pala la compré ayer y está en la mochila. Todo va bien.
Abrazos.
¿Para que quieres una pala, cuando por fin lo has soltado?
Tipico irlandes, habla cuando debería beber... me alegra ver que el viaje llega en el momento adecuado para todos.
Slainte a tornillo
Joooder hermanooo, ¿A que hermano te refieres, Hermano?
Y lo de la mierda de la madriguera, Hermano, ¿de cual hablas de la mia o de la del Dunlen?
¿Joooder hermano, que pasa que no se me entiende?
Me refería a Dunlendino, hermano, pero tu también me vales, hermano.
Pater anónimo... préstame a tus cuervos Día y Noche para que me den algo de tu sabiduría y visión. La pena es que nos faltará el escocés gruñón en el viaje.
Un fuerte abrazo.
Slainte.
Cerveny, tío Matt, a cuatro días vista me estáis haciendo replantearme el viaje... me dais miedo. Es broma.
Ir preparando las gargantas, el viernes os voy a llevar “Dog Soldiers” para que la veáis y os vayáis empapando un poco del ambiente.
Eso son promesas y lo demás tonterías :D
Dog Soldiers, ¿como los del cementerio de perros soldados del castillo de Edimburgo?
:D
Que puedo decirte..sabes que te leo.
Este viaje es importante para ti, hace muchos años que querías hacerlo, me alegra que al final pueda ser.
No me he ido volando permanezco, deseándote lo mejor (te lo mereces) en este y en todos los viajes que emprendas.
Un abrazo
Menosmal que te has marchado de viaje. Espero que regreses con unos aires más esperanzadores.
Abrazo desnudo.